Espíritu UIM

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Quien viaja mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho dice D. Miguel de Cervantes en su inmortal creación de sabiduría. Desde luego que él sabía de qué hablaba, pues su vida estaba llena de viajes, de mar, de lecturas, de afanes, de las más altas ocasiones que vieron los siglos.

¿Podremos nosotros, cinco siglos después, utilizar lo mejor de estas enseñanzas y experiencias para destilar algunas gotas de esa especial sabiduría para que puedan ser absorbidas por los jóvenes de hoy, suficientemente preparados y alejados de la necesidad?

¿Qué nos queda por hacer? Esta era la pregunta que a John Hemmings cuando era director de la Royal Geographic Society , le hacían muy a menudo. Pues bien, él siempre contestaba que

alguien que llegue más allá del mundo conocido por su propia sociedad, descubra lo qué hay allí y regrese para describirlo a su gente

siempre tendrá una labor que cumplir en el estadio actual de nuestra civilización globalizada donde los mundos desconocidos se multiplican y transforman constantemente, y adquirir el método de explorarlos, conocerlos, describirlos, y de la mera conciencia de su existencia es una tarea de necesidad en la que necesitamos capacitar a nuestros jóvenes; pues si bien Nicolás de Cusa en carta a su joven hijo le urgía a observar que “ en este mundo viajamos entre apariencias y enigmas, puesto que el espíritu de la verdad no pertenece a este mundo ni puede ser alcanzado en él. Somos llevados hacia lo desconocido”, no por ello debemos dejar de lado la pretensión utópica por conocer las intrincadas conexiones entre sociedad y naturaleza objetivo que el gran geógrafo Humboldt asignaba a la ciencia: el de comprender la unidad e interdependencia del cosmos, asunto que él creía insoluble, pretensión utópica, por su complejidad y extensión , pero aún así la tendencia hacia la comprensión del mundo no dejará de ser para él “el objeto eterno y sublime de toda observación de la naturaleza

Y en este camino hacia ningún lugar, ¿necesitaremos la experiencia del viaje?, ¿de dónde se derivarán más utilidades para la formación de nuestros jóvenes, del conocimiento libresco en la clausura del aula , donde todo es quietud y rutina, lo que, a veces, da resultados tan brillantes como el de Enmanuel Kant, que constituyó toda su teoría filosófica sin salir jamás de la apacible vida provincial de Königsberg o, acaso, los simples mortales necesitarán el complemento turbador de las grandes calmas, los vientos céfiros del oeste, de alisios y monzones,… de los cuarenta rugientes.

Para tener una respuesta al enigma volvamos a Cervantes. Su ingenio nos señala la mar. La mar una referencia constante para quien ambienta a Alonso Quijano y a Sancho en el secarral manchego, una más de las perplejidades de la gran obra escrita por el “estropeado español” , para el que la mar es fuente de inspiración y escenario de aventuras que avezan a luchar por la vida para sobrevivir a las fuerzas poderosas que se desencadena en la mar y que, a veces, se manifiestan de manera imprevista y hostil.

Por eso, en la mar y en su navegación a vela se ponen en juego los mismos valores que intervienen de manera decisiva en los proyectos vitales y también profesionales que aspiran a la excelencia, con los que a todos nos gustaría ver equipados a los graduados cuando salen de la academia hacia su vida profesional. Valores, en sentido general, y valor personal, ante la incertidumbre y lo desconocido, y ante la responsabilidad en la tarea; esto es, ante el juicio exterior , de profesores y compañeros, o ante el interior, el de la propia conciencia.

Estos valores y conocimientos conseguidos en el viaje académico constituyen un patrimonio no sólo reservado a estudiantes de marina civil, guardiamarinas o futuros geógrafos, son útiles para todos , pues si están dotados de estas experiencias “nuestros comerciantes serán nuestros mejores geógrafos y astrónomos, nuestros naturalistas más sabios. Los banqueros se cuentan entre los mejores conocedores de hombres” hace decir Margarita Yourcenar a Adriano. Así pues parece que una institución ocupada en la formación de tales profesionales no debería descuidar esta dimensión formativa en cualquiera de sus disciplinas, por lo que debería introducir una parte de conocimiento y otra de aventura en el proceso formativo, y así hacer posible y eficaz la aventura de conocer, síntesis que en la academia depende del maestro paciente y sabio, que enseña, y del discípulo, inquieto, que aprende, que, personalmente, se esfuerza por aprender.

En esta simbiosis única normalmente el instruendo no está solo, forma un grupo de aprendizaje, trabaja con otros iguales, forma equipo y realiza una tarea que él maestro, dentro del conjunto, le encomienda. Y con ello también aprende a entregar en la fecha, lugar y condiciones convenidas el producto encargado; miembro o pieza componente de un todo que normalmente tiene forma de proyecto, parte final de una secuencia que comenzó como inquietud, se perfiló como idea y acabó en proyecto listo para su gestión.

En esta lógica creadora del proyecto innovador, muy diferente a la del expediente regulado, no se forma uno por casualidad, salvo eximias excepciones, el conocimiento en el aula estanca, aislada de todos los vientos, conduce, o es más proclive, a la lógica del expediente; por otra parte, el conocimiento y la aventura, conducen al proyecto, forma de trabajo en la que la mayor parte de los graduados van a desenvolverse en su futuro profesional.

Por eso, planteamos la UIM como un proyecto de cooperación internacional para la formación, utilizando como singular plataforma visible un gran navío velero desde el que planteamos la cuestión que aparece en la página 7.

Es decir, planteamos a los instruendos un juego maravilloso, jugar a marinos en un estilizado, blanco y bello velero, que les hace sentirse navegantes, porque aferran la gavia de mesana encaramados a un puente; hacen de serviolas en la proa espumante, equipados con traje de agua, radio-teléfono y prismáticos, revisando el mar cercano a la búsqueda de boyas, aparejos de pesca o cualquier inquietante objeto flotante, imposible de divisar desde el bajo puente instalado 64 metros más atrás; sirven, y no en sentido figurado, a sus compañeros haciendo de rancheiros y mantienen la carta manual actualizada cada hora en el puente, donde a cualquier hora del día o de la noche el cuarto de guardia, vela y recibe una clase práctica o resuelve un problema de navegación.

Realmente hoy no son frecuentes las condiciones de intimidad y confort que sea dan en un navío velero , requieren una adaptación, muy rápida, por cierto; tampoco es frecuente hoy levantarse a las cuatro menos cuarto de la mañana para hacer la guardia de modorra, descolgarse silenciosamente de los cincuenta centímetros de litera suspendida en un tercer piso y, procurando no despertar a nadie en el atiborrado camarote salir, con sueño, a cubierta, a reunirse con el profesor tutor y, después de presentarse al oficial de guardia, incorporarse a su puesto.

El sueño forma parte de la vida cotidiana del instruendo y del profesor tutor de mar, pero se soporta como algo consustancial al viaje, un viaje que se caracteriza no solamente por la visita a otros puertos y otras ciudades o por el horizonte distinto en cada anochecer, sino por la ruptura del tiempo. Hay otra forma de vivir las 24 horas del día; el sistema de guardias tradicional, de cuatro horas rompe por completo el biorritmo habitual, el día se vive más aprisa, está lleno de más fragmentos temporales, las comidas son frecuentes, cinco cada 24 horas, ellas constituyen un marcador temporal pero también las guardias. Todo hace que el día se extienda, dure y dure, pero siempre con una gran intensidad. Los estudiantes viajan a lejanos países, por intercambio, por ocio, pero, más o menos, el reparto cotidiano del tiempo es el mismo, y lo que se puede hacer en un estancia de un mes en Paington, en Boston, o en Madrid, es más o menos lo mismo, o, al menos, el reparto cíclico del tiempo es parecido. En el barco no. Y ésta es una de las grandes sensaciones. Por tanto, el viaje no solo es en el espacio sino también en el tiempo, y quizás esto produzca sensaciones más acusadas, fantásticas, para aquellos cuya experiencia del viaje no la asocien al confort o a la privacidad o a la ausencia de esfuerzo físico o psíquico, incluso no tiene porqué emprenderse con amigos que a veces al finalizar ya son ex-amigos, más bien la experiencia dice que es en el viaje donde se hacen amigos de anteriores desconocidos.

Pero los instruendos no solo juegan a marinos, también juegan a hacer proyectos. El navío es un aula navegante, que acoge palestras con los profesores, y talleres con los tutores supervisores de sus diarios de a bordo y de sus proyectos de mar, que continúan elaborándose después de finalizar la travésía pero no el curso, que acaba con la lectura solemne de los proyectos de mar tres o cuatro meses después.

UIM, Universidad, como generalidad, como comunidad abierta de profesores y alumnos, inicialmente de países tan cercanos y a veces tan desconocidos como los ibéricos; Universidad que con una dimensión europea quiere proyectar la singularidad ibérica, su dimensión iberoamericana, atrayendo a estudiantes y profesores del otro lado del Atlántico, que juntos exploran mundos no muy lejanos, a veces tan próximos como el de las armadas, un reservorio de tradición y conocimiento geográfico y, actualmente, una cultura y un mundo que corre el riesgo de convertirse para algunos jóvenes ciudadanos en tan extraño como el mundo de ciertas comunidades campesinas del Nepal, paradójica cuestión entre los que defienden y los que son defendidos.

Itinerante, pues el viaje, la cooperación, el ser un poco de todos, el anclar en varios países, a desarrollarse como proyecto navegante, siempre distinto, siempre explorando, le da carácter. Ayudando a visualizar el proyecto la magnífica estampa de un magnífico y blanco velero portugués.

CeCodet. Universidad Itinerante de la Mar (UIM)