Mario

—Mario, ¿por fin quedamos mañana?

—Ay, sí, perdona, a las 11:30h, vale?

—Genial, un beso

Mario tenía un pelo tan largo que me imaginaba que, cuando pudiera acariciárselo sin aquel nerviosismo adolescente de la primera cita, no haría más que enredarme y acurrucarme entre sus mechones rubios, entre su barba, entre sus labios.

El miércoles antes de que nos dijeran que teníamos que quedarnos en casa, Mario y yo estábamos en un café, nerviosos, mirándonos a los ojos y pensando si aquello tendría sentido o si sería solo un capricho, una metedura de pata.

— ¿Te apetece venir a mi casa?

Y yo, como una tonta, pensé que esta vez iba a ir paso a paso, que todavía no nos conocíamos mucho, que me asustaba nuestra diferencia de edad y que, sobre todo, si iba a su casa me terminaría enamorando de sus ojos azules, de sus pies tan blancos…

—Me encantaría pero hoy no puedo

Lo que yo no sabía es que durante casi dos meses me iba a arrepentir una y otra vez de esa decisión. Lo que yo no me imaginaba es que, para ser el primer “no” que había dicho en mi vida a algo que deseaba tanto, un bicho que andaba por el aire y estaba matando a gente, iba a matar ese amor e iba a dejarlo en unos besos de despedida. Unos besos con lengua tan lejanos que ahora casi no recordaba.

Ana Lamela Rey

Microrrelato MediaLab #7: Mario, de Ana Lamela Rey

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