Leonard Cohen, biografía

Con el objetivo de ser referencia en castellano del cantautor y poeta canadiense, la Cátedra Leonard Cohen pone a disposición del público dos versiones de la biografía del artista escrita por Alberto Manzano, poeta, escritor y biógrafo y traductor de Leonard Cohen: la primera, la más extensa, se desglosa en esta página web; la segunda, más breve -cuatro páginas- se adjunta en un PDF descargable aquí.

Biografía de Leonard Cohen, por Alberto Manzano

Leonard Norman Cohen nació en Montreal el 21 de septiembre de 1934 en el seno de una acomodada familia judía. Su bisabuelo paterno, Lazarus Cohen, procedente de Lituania, llegó a Canadá a mediados del siglo XIX y fundó una compañía carbonera y una importante empresa textil. La familia incluía destacados rabinos, un gramático hebreo, y pronto presidirían sinagogas, hospitales, bibliotecas y periódicos. El Talmud -obra que recoge las deliberaciones rabínicas sobre las leyes judías- y la Torá -texto que recoge la ley de Moisés o ley mosaica que designa la revelación divina al pueblo de Israel- eran el sustrato que fundamentaba la identidad religiosa de los Cohen. Así pues, Leonard fue educado en la tradición de la religión judaica de un modo natural. La sinagoga, la escuela hebraica y el Sabbath conformaron un calendario religioso y formativo que estructuró su infancia y adolescencia.

En hebreo, Cohen significa “sacerdote”, es decir, representante de Dios que administra la ley sagrada; su primer nombre, Leonard -Eliezer en hebreo-, significa “Dios es mi ayuda”, mientras el segundo, Norman, es la forma anglicanizada de Nehemías, “el reconstructor de Jerusalén”. Por otro lado, su nacimiento en viernes le confería “especial piedad”, dado que el Sabbath -la festividad más solemne y sagrada para los judíos- se observa todos los viernes.

En la rueda del destino todo parecía señalar que Leonard iba a convertirse en rabino, si no hubiera sido porque, a los 15 años, descubrió la poesía de Federico García Lorca, y un gitano, apodado “El Hispano de Montreal”, le dio unas clases de guitarra: “Aquello cambió mi manera de ser y de pensar de un modo radical”, diría Cohen1) Entrevista con Constantino Romero,  Vibraciones, 1974, que desde ese momento se consagró a sus nuevas vocaciones: la música y la poesía.

En 1956 publicó su primer poemario, “Comparemos mitologías” (Let Us Compare Mythologies) en el que se advertía una tremenda adicción al estilo bíblico; era una mezcla de la poesía romántica inglesa del siglo XIX con el surrealismo lorquiano y la poesía beat. Estas tres fuentes dejaban entrever a un poeta experimentando estilos y temas: la muerte, la pérdida, la herencia, la historia, el holocausto, el mito, la rebelión, el deseo, pero, sobre todo, una lírica yuxtaposición de erotismo y espiritualidad dotada de una belleza que era el pasaporte para todas las mentes, según el poeta. Su primer poemario sienta las bases de lo que sería el conjunto de su obra poético-musical.

En 1960, Cohen abandonó la gélida Montreal para embarcarse rumbo a la soleada Grecia, y en la isla argólica de Hidra conoció a la musa que le acompañaría toda esa década, Marianne Ihlen, bajo cuyo aliento escribiría el grueso de su obra literaria: tres libros de poesía (“La caja de especias de la tierra” –The Spice-Box Of Earth-, en 1961, “Flores para Hitler” –Flowers For Hitler-, 1964, “Parásitos del cielo” –Parasites Of Heaven-, 1966, y dos novelas: “El juego favorito” –The Favourite Game– 1963, y “Los guapos perdedores” –Beautiful Losers-, en 1966.

Con Beautiful Losers Leonard había alcanzado el punto culminante de su obra, pero, después de diez años de intensa escritura, comprendió que sus ingresos no bastaban para pagar la cuenta del tendero en Hidra, de modo que decidió dedicarse a la música. En otoño de 1966, se apeó en Nueva York, y, pocos meses después, entraba en un estudio de grabación para iniciar su carrera como cantante. Leonard era el primer poeta que llevaba su poesía al rock, y las canciones de su disco Songs of Leonard Cohen (1967) –Suzanne, So Long, Marianne, Sisters of Mercy– empezaron a entrar en todas las habitaciones y a ser escuchadas en silenciosas reuniones nocturnas que tenían lugar en áticos y buhardillas de Nueva York. Su poesía cantada hipnotizaba y dormía con todos y todas.

En apenas un año Cohen se había convertido en una estrella de la música popular de los años 60, y su discográfica quiso que grabara otro álbum: “Personalmente, no tenía planes de hacer otro disco”, confesaría el cantante, “pero tuve que ceder ante diversas presiones. La CBS quería otro disco, mi mánager también, e imagino que yo mismo, de alguna manera, quería hacerlo, aunque sólo fuera para demostrar que no se me habían acabado las ideas”2)Entrevista con Alberto Manzano, Conversaciones con un superviviente. Lenoir, 2005. Sin embargo, su adaptación al frenético ritmo de Nueva York, después de haber vivido seis años en una isla mediterránea, no era fácil, y Leonard buscó refugio en las drogas -algo habitual en él, que las usaba principalmente para combatir sus profundas depresiones heredadas de su madre- y decidió trasladarse a Nashville. Allí grabó Songs From a Room (1969), un álbum desnudo y grisáceo -en contraposición al cromatismo y la opulencia de los arreglos musicales en su primer disco-, que exhalaba una mordaz declaración de principios y formalidades revolucionarias. Cohen poetiza sobre la libertad, la historia, la guerra, la revolución, pero también sobre la soledad, el suicidio, el aborto, el amor, las drogas, y en un momento en que Bob Dylan había sido tachado de la lista de los héroes culturales tras la decepción que supuso su disco de country Nashville Skyline, Cohen fue alzado como indiscutible portavoz de la juventud y profeta de su tiempo.

Tras una primera gira exitosa por Europa -actuó en el Festival de la Isla de Wight-, empezó a grabar su tercer álbum, Songs of Love and Hate (1971), una obra descarnada en la que el poeta se muestra como un peregrino sufriente sumido en una crisis del alma. A nivel comercial funcionó peor que sus predecesores, y, aunque fue un disco que muchos de sus seguidores atesoraron por contener canciones como Famous Blue Raincoat y Joan of Arc, la prensa inglesa fue muy dura con el cantante. Fue descrito como «el depresivo no químico más poderoso del mundo» en Melody Maker en 1971 y amonestado por «no incluir una hoja de afeitar para que el oyente pudiera cortarse las venas mientras escuchaba sus canciones». Cohen se defendió: “La voz en mi disco es sincera. Se ha criticado mucho esa voz por ser deprimente, ¡pero es que estaba deprimido! Y creo sinceramente que la próxima categoría de esclavos que surgirá será la de los que sufren depresión. Creo que es una circunscripción real y universal que trasciende fronteras y culturas, y que los deprimidos serán los próximos en sublevarse. La gran sublevación, quizá la que estamos esperando, se producirá cuando los deprimidos se subleven. Y, de alguna manera, yo insinúo esa posición”3)Entrevista con Alberto Manzano, Conversaciones con un superviviente. Lenoir, 2005.

Sin embargo, Cohen era consciente de que necesitaba una completa autorreforma personal. Pasaba invariablemente de una frenética fase creativa y de intensa actividad social y sexual, a otra de indolente retiro, cansancio y ansiedad. Entonces conoció al maestro japonés de zen Joshu Sasaki Roshi, que se convertiría en su guía espiritual durante más de treinta años. En el monasterio de Mount Baldy, situado a dos mil metros de altura en el Bosque Nacional de San Gabriel, a ochenta kilómetros de Los Ángeles, Leonard empezó a estudiar con Roshi, realizando su primer retiro -ocho horas de meditación diaria y dos sesiones de trabajo de cuatro horas cada una- durante un mes. Después, huyó con Suzanne Elrod -la futura madre de sus hijos- a Acapulco.

En una foto tomada por Suzanne en el lavabo de una habitación de hotel en Acapulco, Cohen aparece en la cubierta de su nuevo libro de poemas, “La energía de los esclavos” (The Energy of Slaves), con un corte de pelo budista y fumándose un puro -la misma foto sería utilizada en el álbum en directo, Live Songs (1972)-. En la obra coexisten el lirismo mitológico de sus dos primeros poemarios y las realidades históricas de los dos últimos: “La energía de los esclavos” era una obra abiertamente social y política, de intermitente tono anárquico, donde el poeta, convertido es una especie de ángel de la venganza miltoniano, sellaba la deconstrucción de su estética: “Es mi libro preferido”, confesaría el autor 4)Entrevista con Alberto Manzano, Conversaciones con un superviviente. Lenoir, 2005. Permanece vivo. Tiene una belleza áspera.

 

En 1972 nació su hijo Adam, y en 1974 su hija Lorca -en honor a nuestro poeta granadino-. Entre ambos nacimientos, en octubre de 1973, tras la declaración de guerra entre árabes y judíos -conocida como la Guerra del Yom Kippur-, Leonard fue a Israel en calidad de voluntario, y fue enviado al frente para cantar a los soldados hebreos: “Yo sigo creyendo en la teología de la reconciliación,” declararía, “basada en la paternidad de Dios y la hermandad de los hombres. Es algo que tiene que llegar. Puede sonar muy romántico, pero son hijos del mismo Dios”5)Entrevista con Alberto Manzano, Conversaciones con un superviviente. Lenoir, 2005. Cohen recogió sus andanzas por el desierto en la canción Lover, Lover, Lover, una experiencia que, tangencialmente, le inspiraría la composición de dos temas dedicados a «la guerra matrimonial» con los títulos de There is a War y I Tried to Leave You, además de la canción Field Commander Cohen, basada en los días que el poeta pasó en Cuba en abril de 1961 para ser testigo de la revolución castrista y la frustrada invasión de Bahía Cochinos por parte de las tropas estadounidenses. Cohen los incluyó en su nuevo disco, New Skin For The Old Ceremony (1974) donde el cantante, malherido por las críticas que había recibido su anterior álbum, quiso dar un giro radical a su modus operandi utilizando sencillas fórmulas rítmicas adornadas con pequeñas orquestaciones de cuerda y viento. El experimento no obtuvo un buen resultado comercial, pero el cantante no cejó en su empeño y, tres años después, optó por el más puro estilo rock’n’roll para grabar Death Of A Ladies’ Man, con producción del legendario «Rey del Eco», Phil Spector. Definitivamente, Cohen quería finiquitar su imagen de «cantante de melopeas depresivo», pero lo que consiguió fue lapidar una caótica etapa personal y artística transcurrida durante la década de los 70: su matrimonio con Suzanne se había consumido, su madre había fallecido, y su público, totalmente desorientado, se había perdido tras dos discos absolutamente desconcertantes.

El disco tuvo su réplica literaria en Death Of A Lady’s Man (1978), cuyas páginas, centradas en el fracaso de su matrimonio, recorría los órganos vitales de la autocompasión sexual, el masoquismo, la traición y el orden espiritual y doméstico anhelado, el púlpito donde Cohen asumía la fractura total que existía entre el héroe con cohorte y el esposo con harén que era -“o te casas con tu arte, o te casas con tu esposa”, diría.

Entonces, Leonard volvió a recurrir al zen, disciplina que, con su énfasis en el sufrimiento y su enfoque sobre lo individual como llave de salvación, complementaba la austeridad que había encontrado y perdido en su exilio griego. Se implicó personal y económicamente con Roshi, se convirtió en su secretario personal, visitó monasterios trapenses y budistas en Japón, y financió zendos en varias ciudades norteamericanas. Cohen luchaba para salvarse de sí mismo, intentando convertirse en lo que quería ser y no conseguía. Sin embargo, tras la disolución matrimonial, parecía sentirse ligeramente aliviado y, aunque su renovación personal se produciría de forma gradual, su primer síntoma fue la publicación del disco Recent Songs (1979). En sus surcos, como ave fénix sobre las cenizas de su «invencible derrota», se alza evocando las canciones rusas que solía oír en la voz de su madre, e, inspirado por algunas metáforas de los poetas sufíes Rumi y Attar, entreteje lo sagrado y lo secular, lo íntimo y lo épico, lo místico y lo realista.

En 1981, se trasladó al sur de Francia y se instaló en una caravana aparcada en las afueras de la casa que había comprado para Suzanne y sus hijos, donde empezó a estudiar el Talmud. Durante varios meses emborronó una serie de oraciones y salmos que yuxtaponían zen y judaísmo en un cuaderno destinado a convertirse en “Libro de misericordia” (Book Of Mercy), 1984, obra que revelaba una devocional etapa hacia una vía claramente espiritual. El contrapunto musical se tituló Various Positions (1985), disco que incluía canciones como Hallelujah o Dance Me To The End Of Love. A pesar del enorme potencial futuro, como demostraría el tiempo, el presidente de la multinacional CBS se negó a distribuirlo en Estados Unidos argumentando: “Leonard, sabemos que eres magnífico, pero no sabemos si sirves para algo”.

Tres años le llevó reinventarse y encontrar su verdadera voz. I’m Your Man (1988) no sólo sorprendía por el uso del sintetizador -instrumento que había sustituido a la guitarra-, sino por la panoplia de ritmos que desplegaba -disco, rap, espagueti-western, jazz-, como si el poeta nos estuviera invitando al baile y a la reflexión como elementos aparentemente antagónicos. En la mejor tradición profética de Isaías, el poeta incendiaba con canciones apocalípticas como First We Take Manhattan o Everybody Knows, ponía el dedo en el futuro en Tower Of Song y Ain’t No Cure For Love y homenajeaba a Lorca con su versión del poema “Pequeño vals vienés» –Take This Waltz-. El álbum puso de nuevo a Cohen en la primera línea de la popularidad, y fue dedicado a su nueva compañera, la fotógrafa parisina Dominique Issermann, que se había convertido en su ancla sentimental durante los años ochenta.

Se le rindieron tres discos de homenaje, Famous Blue Raincoat -firmado por su corista Jennifer Warnes-, I’m Your Fan y Tower Of Song. Había colaborado con el compositor canadiense Lewis Furey en la composición de la ópera-rock Night Magic, y participó en el disco de homenaje a Lorca, publicado en España, Poetas en Nueva York. A principios de los años noventa abandonó París y a Dominique Isserman para trasladarse a Los Ángeles, con la actriz Rebecca De Mornay, donde grabó el disco The Future (1992), una obra claro-oscura que incidía en el uso del sintetizador y la temática apocalíptica, aunque también incluía alabanzas a la Democracia, al Sermón de la Montaña y bebía de fuentes cabalísticas: “Hay una grieta en todas las cosas / Así es cómo la luz entra”, cantaba en Anthem.

Pero Leonard tenía las rodillas destrozadas de tanto meditar y de agarrarse a los dobladillos de los vestidos de las mujeres: “Estaba totalmente roto,” confesaría, “y el disco era verdad. Era exactamente donde yo estaba, deconstruido, era totalmente yo, estaba roto”. 6)Entrevista con Alberto Manzano, Conversaciones con un superviviente. Lenoir, 2005 Cohen se separó de Rebecca, abandonó el mundo y se retiró en el monasterio de Mount Baldy hasta  enero de 1999.

Se había construido una pequeña cabaña de madera en las inmediaciones del zendo donde mantenía cierta independencia y escribía, con más ironía que devoción, poemas sobre su experiencia monástica -verían la luz en 2006 con el título de “Libro del anhelo” (Book of Longing)- y canciones con su sintetizador Technics, pero estaba plenamente integrado en las actividades del monasterio y seguía trabajando como secretario personal de Roshi. En 1996 fue ordenado monje con el nombre de Jikan, cuyo significado es “el silencio común”. Sin embargo, a pesar de los treinta años de estudio con Roshi, Leonard seguía tomando antidepresivos, y en los últimos días del gélido invierno de 1998 en Mount Baldy, volvió a hundirse. Se dirigió hacia la cabaña de Roshi y le dijo: “Roshi, tengo que irme. Voy a bajar de la montaña”. Roshi le preguntó: “¿Cuánto tiempo?”. Leonard le contestó: “No lo sé”. El anciano lo miró: “De acuerdo. Vete”7)Sylvie Simmons, Soy tu hombre. Lumen, 2012.

El 2 de febrero de 1999, Cohen llegó a Bombay para estudiar con Ramesh Balsekar, un hinduista de la escuela vedanta. No sabía cuánto tiempo iba a quedarse, pero fueron finalmente diez años los que pasó estudiando la doctrina advaita con su nuevo maestro: “De manera imperceptible, aquel fondo de angustia que me había acompañado toda la vida, empezó a disolverse”, reconocería el discípulo. Ahora Leonard se mostraba como un hombre feliz y alegre, disfrutaba de una flamante levedad, aunque, por supuesto, eso no trastornara lo más mínimo su naturaleza profunda ni sus apetitos: “Porque nadie puede controlar su corazón,” aclararía. “Digamos, simplemente, que uno tiene la oportunidad de tomar cierta distancia”8)Sylvie Simmons, Soy tu hombre. Lumen, 2012.

Era el momento de grabar su primer disco del nuevo milenio, el primero tras ocho años de silencio. Ten New Songs (2001) era una obra de ambientación musical etérea y de una profundidad espiritual insondable. Cohen trabajaba con una facilidad que jamás había conocido, asombrado por la fluidez con la que se había adaptado a esa nueva paz mental. Ya no tenía que buscar nada, pues la atención hacia la ansiedad había terminado, y, evidentemente, ese cambio se infiltró en la esencia de sus nuevas canciones. Con prontitud, en 2004 siguió el disco Dear Heather, mecido por sintetizadores repantingados, saxos holgazanes, guitarras perezosas y birimbaos espaciosos. Todo discurría lento y a mil besos de profundidad, cómodamente instalado en ese escondrijo del alma donde el amor, la muerte y la redención giran juntos en un lento vals melancólico.

Pero nada dura siempre en un mundo que no gobernamos, y la noche oscurece el día. Mientras Leonard estuvo recluido en el monasterio, su mánager, Kelley Lynch, le robó los cinco millones de dólares que tenía. Para rehacerse en términos financieros, Cohen decidió volver a la carretera en 2008, algo que no podría haber imaginado. Pero durante los cuatro años que duró la gira, Leonard ganó más dinero del que había perdido, y sus fans se alegraron de volver a ver -algunos por primera vez- al «cantor del fuego sagrado» sobre un escenario. En todo su periplo musical, el cantante nunca había recibido semejante acogida. La gira significó, en términos artísticos, la cima musical de Cohen.

Fue entonces cuando se lesionó la espalda mientras realizaba un ejercicio de pilates: una compresión medular que necesitaría medio año de fisioterapia para curarse. Dado que se veía confinado en casa, empezó a grabar un nuevo disco, Old Ideas (2012): “Tengo la sensación de que esto no va a durar siempre”, admitiría, “de modo que me gustaría completar el mayor número de cosas posible. No sé si tiene que ver con la inminente partida, pero llega un momento en que no tienes ganas de perder mucho tiempo”, asegura en el New Yorker en 2012. Leonard estaba impaciente por terminar el álbum, y puesto que esta vez no podía culpar a sus finanzas, atribuyó dicha impaciencia a que se trataba de la recta final. Era consciente de que se estaba acercando a “la línea de meta»; se refería de manera velada a la muerte, algo que solía hacer con cierta frecuencia en los últimos años -en este álbum, el tema Going Home es absolutamente claro a este respecto-. Cohen ofreció una rueda de prensa en París para presentar el álbum. Un periodista le preguntó sobre la muerte. Con fingida solemnidad, contestó: “He llegado a la conclusión, a regañadientes, de que voy a morir”.

Los cuatro años de gira, con actuaciones de tres horas, habían sido más que rigurosos, y el octogenario Cohen iba a pagar un precio muy alto. En un reconocimiento médico le habían diagnosticado un cáncer, así que se puso a trabajar con más ahínco que nunca. Su disco Popular Problems (2014) era un blues que sacaba a bailar a la muerte que llegaba por todas partes, por dentro y por fuera. Respiraba desazón, una irritación intramuscular implacable, pero era un dolor desafectado, puesto que su espíritu ya no le permitía sentirse implicado con el dolor del mundo. Leonard había zanjado sus asuntos y placeres terrenales.

En 2015, ya estaba gravemente enfermo, completamente inmovilizado en la cama, con múltiples fracturas en la columna vertebral -le habían diagnosticado osteoporosis-, aunque todavía emborronaba poemas para su libro póstumo, “La llama” (The Flame). En una entrevista concedida a la revista francesa Les Inrockuptibles en ese mismo año, declaró: “Si alguien pudiera garantizarme que los preliminares de la muerte no son demasiado desagradables, iría hacia ella ahora mismo”. Pues bien, la muerte ya estaba allí. Sin aspavientos, un último cigarrillo, una última obra maestra, un testamento, y caería el telón, y Leonard se marcharía plácidamente. Quizás no Leonard, pero sí Eliezer Jikan estaba preparado para morir.

Pero, antes de marcharse, quiso despedirse de una de las mujeres que más vida y amor le habían dado: Marianne Ihlen estaba enferma de leucemia, y Leonard le escribió una carta, no de adiós, sino de “hasta luego, Marianne”: “Creo que te seguiré pronto. Nos vemos en el camino”, concluía la carta.

Su último disco, You Want It Darker, vería la luz el 21 de octubre de 2016. El coro de la sinagoga Shaar Hashomayim de Montreal -fundada por el bisabuelo de Leonard, Lazarus Cohen, a finales del siglo XIX- inmortalizaba el cortejo fúnebre mientras Leonard cantaba gravemente: “Estoy preparado, mi Señor”. La muerte era definitiva, pero la muerte había sido vencida por la «invencible derrota» del poeta. El lunes 7 de noviembre de 2016, el alma de Eliezer Jikan Cohen voló hacia el Misterio. Algo conocido se había introducido en algo desconocido, pero Leonard ya había firmado un tratado entre su amor y el amor divino.

Fotografías del archivo personal de Alberto Manzano

Foto de portada: Ivan Giesen. Palau Sant Jordi, Barcelona, 2009.
Foto 1: Alberto Manzano. Habitación de Leonard Cohen en Hydra, 1981.
Foto 2: Portada del Disco Live Songs, CBS, 1972.
Foto 3: Alberto Manzano. Hydra, 1981. Manuscrito autógrafo de un fragmento bíblico (Ruth 1:16-17) que conforma la canción Whither Thou Goest que solía incluir al final de sus conciertos.
Foto 4: Alberto Manzano. Hotel Palace, Madrid, 1992.
Foto 5: Ivan Giesen. Palacio de Deportes, Barcelona, 1993.
Foto 6: Dominique Boile. Westin Hotel, París, 2013. Leyendo Lorca, el flamenco y el judío errante (Manzano. Alsabia, 2012).

 

References   [ + ]

1.  Entrevista con Constantino Romero,  Vibraciones, 1974
2, 3, 4, 5, 6. Entrevista con Alberto Manzano, Conversaciones con un superviviente. Lenoir, 2005
7, 8. Sylvie Simmons, Soy tu hombre. Lumen, 2012